Rayito: Un ballenato con Memoria?  
La óptica personal de un hecho real, narrado por Peke Sosa.  

Ocurrió en los primeros días del mes de junio de 1991 en la bahía de Puerto Pirámide. Como todos los años es el comienzo de uno de los tantos y maravillosos acontecimientos con que la naturaleza nos regala, para nuestro regocijo.  
El milagro de la vida, es decir, el nacimiento de los ballenatos. Una experiencia que no por repetida deja de causar admiración y ternura. Todos son hermosos. Sus juegos, sus desplazamientos, el contacto, la alimentación y aprendizaje junto a sus madres asombran y alegran el espíritu.  
Pero vamos a referirnos a uno en especial.  

RAYITO  
Desde el primer momento en que lo descubrimos -tal vez en su segundo día de vida-  notamos con tristeza que algo lo había lastimado; quizá un tiburón, una orca o algún elemento cortante. Lo cierto era que a una de sus pequeñas aletas pectorales le faltaba más de la mitad.  
 

 
Le era casi imposible moverse y observábamos fascinados como su madre lo protegía manteniéndolo al abrigo de un recodo de la bahía interponiéndose entre nosotros y su hijo cuando nos acercábamos para observarlos, mientras exagerábamos precauciones y manteniendo una prudente distancia para no perturbar.  

Controlar su estado formó parte de nuestras actividades diarias y aunque temíamos lo peor, abrigábamos la esperanza de que sobreviviera, sumando nuestros ruegos a los amorosos cuidados de su madre.  
 

 

Una mancha muy particular en el lomo en formas de rayos nos inspiró para darle un nombre y fue así que le pusimos RAYITO. Los días fueron transcurriendo y en cada una de nuestras visitas observábamos con inocultable alegría los progresos de Rayito, que se movía cada vez con más seguridad. su mundo no era muy amplio, se desplazaba unos pocos cientos de metros para uno u otro lado. También descubrimos emocionados que la madre no se intranquilizaba ante nuestra presencia; al contrario, ambos parecían esperar nuestra visita y mientras Rayito daba vueltas con esfuerzos alrededor de la lancha, como queriendo comunicarse y mostrarnos sus progresos, su instinto le decía, seguramente, que a nuestro lado su hijo no corría peligro. Hubiese sido una experiencia muy linda estar con él en el agua, nadar a su lado, acariciandolo y hacerle sentir que junto a su madre también estábamos nosotros para protegerlo. Igual, por su puesto, lo hacíamos desde la superficie.  

LA PARTIDA  

Julio, Agosto y Setiembre fueron pasando. Para esa época ya era muy famoso, todos querían conocerlo. Los turistas, enterados de su problema, miraban con ternura los esfuerzos que hacía para estar junto a nosotros. Era el ballenato más divertido, el más audaz, el más lindo... y nos imaginábamos con un poco de egoísmo, que esperaba ansioso nuestro encuentro para sentirse feliz, ya que por su discapacidad se encontraba aislado de sus congéneres. De vez en cuando otras madres con sus crías pasaban por alli pero no se detenían con él.  

Hacia mediados de Noviembre, con tristeza que nos hizo lagrimear, esperamos en vano la presencia de Rayito. Ya no estaba en el lugar de siempre. había logrado la recuperación que le permitía recorrer mayores distancias y asi emprender su gran viaje hacia el sur. Nos despedimos en silencio de nuestro amigo.  

EL REENCUENTRO  

Aquí parecía terminar nuestra relación con Rayito, pero en Agosto del año siguinte (1992) durante un servicio de avistaje que realizábamos, un ballenato grande , de un año aproximadamente, se acercó con desición a la lancha, rondándola primero y deteniéndose después muy cerca. Mientras levantaba la cabeza y abría su enorme boca como queriendo hablar. Mi asombro y alegría no tuvieron límites. No lo podía creer. Era Rayito!!  

 

Su inconfundible mancha en el lomo y su aleta seccionada la identificaban sin ninguna duda. Los turistas que viajaban en la embarcación rápidamente informados del caso, compartían mi estado emocional, mientras mi querido amigo se deslizaba por debajo de la lancha, giraba su cuerpo frente a nosotros y se ponía panza arriba como un perrito juguetón.  

En ese instante comprendí que me había reconocido. Su lenguaje eran la cautivante rapidez de sus movimientos, su alegría, su boca abierta....  

Todas estas actitudes muy poco comunes según nuestra larga experiencia. Hay hechos y razones difíciles de explicar pero que dejan profundas huellas en le espíritu.  

Cuando regresábamos, mi emocionado silencio se convirtió en ruego: ~Gracias Rayito por existir; que Dios y los humanos sepamos protegerte a tí y a todos los de tu especie, para que futuras generaciones puedan emocionarse con todos los Rayitos que surquen nuestros mares.

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