Un hecho real, narrado por Peke Sosa.
Ocurrió en los primeros días del mes de junio de 1991 en la bahía de Puerto Pirámide. Como todos los años, es el comienzo de uno de los tantos y maravillosos acontecimientos que la naturaleza nos regala: el nacimiento de los ballenatos. Una experiencia que no deja de causar admiración y ternura. Sus juegos, sus desplazamientos, el contacto, la alimentación y aprendizaje junto a sus madres, asombran y alegran el espíritu.
Desde el primer momento en que descubrimos a Rayito -tal vez en su segundo día de vida-, notamos con tristeza que algo lo había lastimado; quizá un tiburón, una orca o algún elemento cortante. Lo cierto era que a una de sus pequeñas aletas pectorales le faltaba más de la mitad. Le era casi imposible moverse y observábamos fascinados cómo su madre lo protegía, manteniéndolo al abrigo en un recodo de la bahía e interponiéndose entre nosotros y su hijo cuando nos acercábamos para observarlos.
Una mancha muy particular en el lomo en formas de rayos nos inspiró para darle un nombre y fue así que le pusimos Rayito. Controlar su estado formó parte de nuestras actividades diarias y aunque temíamos lo peor, abrigábamos la esperanza de que sobreviviera, sumando nuestros ruegos a los amorosos cuidados de su madre. Los días fueron transcurriendo y en cada una de nuestras visitas observábamos con inocultable alegría los progresos de Rayito, que se movía cada vez con más seguridad, desplazándose unos pocos cientos de metros para uno u otro lado. También descubrimos que la madre no se intranquilizaba ante nuestra presencia. Ambos parecían esperar nuestra visita.

Julio, agosto y setiembre fueron pasando. Para esa época Rayito ya era muy famoso y todos querían conocerlo. Los turistas, enterados de su problema, miraban con ternura los esfuerzos que hacía para estar junto a nosotros. Era el ballenato más divertido, el más audaz, a pesar de encontrarse aislado de sus congéneres, debido a su discapacidad. Hacia mediados de noviembre, esperamos en vano la presencia de Rayito. Ya no estaba en el lugar de siempre. Había logrado la recuperación que le permitía recorrer mayores distancias y así emprender su gran viaje hacia el sur. Nos despedimos en silencio de nuestro amigo.

Aquí parecía terminar nuestra relación con Rayito, pero en agosto del año siguiente (1992) durante un servicio de avistaje que realizábamos, un ballenato grande, de un año aproximadamente, se acercó con decisión a la lancha, rondándola primero y deteniéndose después muy cerca, mientras levantaba la cabeza y abría su enorme boca como queriendo hablar. Mi asombro y alegría no tuvieron límites. No lo podía creer. Era Rayito. Su inconfundible mancha en el lomo y su aleta seccionada lo identificaban sin ninguna duda.
Rayito se deslizaba por debajo de la lancha, giraba su cuerpo frente a nosotros y se ponía panza arriba como un perrito juguetón, mientras los turistas y yo compartíamos la emoción. En ese instante comprendí que me había reconocido.
La conexión silenciosa con un animal, el lazo de amistad que puede generarse entre seres vivos, son hechos y razones difíciles de explicar, pero que dejan profundas huellas en el espíritu.